Hotel

El restaurante del hotel terminó de llenarse. Eduardo Molina se fijó que junto a la pared enchapada del fondo estaba la entrada a la cocina y siguió el recorrido de uno de los mozos durante un rato. Lo vio moverse incansable, sin titubeos. Un perro viejo o un viejo zorro. Lo que fuera. Frente a él, una amiga de su mujer llamada Jenny, había acaparado la conversación y ahora contaba cuán fenomenal le había parecido la última película sobre Batman. “Es oscura, perversa, de un cabrito que uno nota, porque uno se da cuenta, que está malito de la cabeza. Además –se aventuró-, uno puede establecer una relación que sin duda está presente acá, y que en culturas prehispánicas era tan determinante y significativa, como el uso de las máscaras… no, se pasó, buena, buena”.
Molina, empresario de frascos para jarabe, encendió un cigarrillo y le pidió al mozo un tercer aperitivo. Levantó la mano y el hombre se acercó en seguida mirando otra mesa que parecía no haber recibido sus platos. Un perro viejo.
-¿Pisco sour, señor?
- Pisco sour.
Jenny irrumpió. “Mi marido tuvo una clínica psiquiátrica con su ex mujer en la precordillera. Es un negocio que tiene aspectos muy complejos de llevar… mira, si en el fondo igual la clínica estaba bien ubicada, pero a los médicos les representaba perder dos horas de viaje para ir a ver a sus pacientes y nunca lo hacían. Además, los internos son cosa seria. La otra vez un loquito, encerrado y amarrado, igual se las ingenió para matarse. Sacó brazo por no sé dónde y se enrolló un resorte del colchón en el cuello. O sea, uno toma todas las precauciones pero igual se las arreglan. Tuvimos muchos problemas y por suerte mi suegro en aquella época era abogado. Lo sigue siendo. Otra vez hubo uno que se intentó tirar del techo. Todavía no sabemos cómo mierda se subió en el techo. El asunto es que me tuve que trepar, porque el siquiatra de turno llamó para decir que todavía se iba a demorar un rato en llegar. Me acuerdo que estaba lloviendo”.
Molina dijo “permiso” y se puso de pie. Delicadamente borracho, preguntó dónde estaba internet y un mozo le indicó en dirección al bar. “Por esos ascensores llega. Es en el tercer piso”.
Estuvo a punto de cambiar de idea y no subir, cuando se adentró en el espacio sin separaciones del bar. El pliegue de la barra estaba iluminada por debajo y de noche toda el área tomaba un tono anónimo y relajado. A media luz, mucha gente elegante conversaba y los cinco niños que deambulaban entre piernas y sillas parecían adormecidos.
Atravesó la alfombra rápido y pulsó la flecha en el pilar del ascensor casi al mismo tiempo que clavaba el último paso. Mientras esperaba, miró hacia su derecha, levantando el mentón que apuntaba hacia la trama colorada del piso: un diseño esquizofrénico que decoraba cerca de dos mil metros cuadrados de alfombra. Su mujer parecía distraída allá en el fondo, comiéndose las uñas y mirando al frente. Desde su posición, el empresario sólo la veía a ella y a la mitad derecha de Jenny, sentados esperando por el café. Estaban lejos y a Molina le empezó a doler forzar tanto la vista.
Abrió la página de su correo, sentado frente a un notebook ante una ventana oscura que reflejaba las luces del interior. Aguzó la vista y en la distancia emergió la doble avenida y la rotonda.
Parecía haber tres mensajes de ella, pero se dio cuenta que era el mismo reenviado dos veces. Se le escapó una risa y cruzó una involuntaria mirada con el adolescente que tenía al lado y que revisaba una página con una nutrida lista de locales nocturnos moviendo la ruedita del mouse.
El mail partía hablando del auto que le había dejado y que ahora tenía un pequeño raspón junto a la puerta del acompañante. “No te enojes, por favor”, le pedía. También le daba las gracias una vez más por haber escuchado tanta mierda el otro día, porque se había descontrolado y él no merecía escuchar eso, con todos los problemas que tenía con su esposa y su hijo mayor. “Te deseo -terminaba- y te la voy a chupar como nadie te la ha chupado nunca”.
Eduardo Molina comenzó a escribir. Partió haciendo hincapié en que no debía preocuparse de más, pero que debía tener más cuidado, porque ese auto también lo usaba su esposa. Casi al unísono, mientras desplegaba la palabra “cuidado” en el teclado, se acordó del día en que se la había tirado en ese auto, después de una reunión de apoderados.
Estaba en el tercer piso del lujoso hotel y antes de mandar el correo, le pidió a un mozo que le trajera un cenicero. No está permitido fumar en este sector, disculpe. Se sorprendió exageradamente cuando descubrió una mancha de vino en su camisa. Se vio a si mismo entrando a la habitación, visto desde arriba como si su ojos fueran una cámara de vigilancia. Volvió a concentrarse en la pantalla del computador, cerró todo y pidió la boleta para firmarla.
El pasillo que enfrentó estaba flanqueado a su derecha por un ventanal casi continuo que dejaba ver la cribada piel de la ciudad. El hotel parecía estar en una permanente penumbra. Podía ser ambientación calculada de antemano o un ahorro descarado de energía. Tal vez, por qué no, era ambas cosas.
A tres puertas de la suya vio a una pareja besándose. La mujer era alta, vestida con una falda de jeans deshilachada en la fábrica, zapatos bajos y una camiseta negra. Se preguntó si sería una puta y comenzó palparse los bolsillos buscando la tarjeta para abrir. Junto a su pieza habían estacionado un carro repleto de toallas y artículos de baño. La puerta vecina estaba entreabierta y se escuchaban voces.
Una mucama le contaba a la otra una anécdota, que resumió como “un asalto teatral”. “No estoy hablando de un lanzazo”, decía. Su amiga la escuchaba atenta mientras metía las almohadas en fundas limpias, dudando si el asunto era para terminar riendo o no. Contó que venía caminando por un parque cerca de su casa cuando una señora de unos 70 años se le había acercado para pedirle que por favor le ayudara a encontrar una calle que estaba menos de cincuenta metros de ahí. Lloraba y caminaba con dificultad diciendo en un tono alto que apenas podía ver. Cuando empezaron a caminar la vieja la tomó del brazo y comenzó a contarle de su hijo, de cómo le había ganado a una adicción y a las malas juntas y que ahora trabaja en un mall. El asalto vino justo al doblar la esquina de la calle en cuestión. Lo primero extraño que notó fue que la vieja no quería soltarle el brazo y que incluso forcejeó cuando le dijo que esa era la calle, que ahora podía seguir sola. Un tipo joven los estaba esperando (probablemente su hijo), y punzón en mano la había dejado sin cartera y sin mochila.
“¿Buenas noches señor, necesita algo?” Molina, parado casi en el umbral, negó con la cabeza. Le miró el culo, el escote, las manos. ¿Cómo pido un radio taxi? preguntó él. “Llame al conserje y él se lo consigue… ¿ya se va?” (D.Draper)








