Recuerdo del escritor punk

Andaba casi siempre de polera. Un viejo de 69 años, poco pelo blanco, relativamente largo y despeinado. Tenía los ojos claros, lanzando una mirada literariamente asesina o una mueca que descolocaba. Sí, verbos en pasado. Porque Enrique Fogwill, nacido en Quilmes, desistió de vivir de la manera que entendemos habitualmente, el 21 de agosto pasado.Ya había dejado la cocaína, pero el cigarro nunca lo abandonó. Y fue el culpable del letal enfisema pulmonar.
Es casi elemental empezar diciendo que se trata de un escritor singular. Polémico. Anti-sistema. Adjetivos que suelen gustar al público, pero que es difícil que logren congeniar con el éxito. Éxito que no estoy seguro que Fogwill apreciaba. “Por ahí hay grandes poetas secretos que nadie lee o conoce porque no se difunden, me hubiera gustado ser uno de ellos. Preferiría ser muy bien reconocido por las ocho personas que me interesan, a ser muy mal reconocido por decenas de miles de personas que conocen mis anécdotas, que la cocaína, que esto, que el otro, que la mina, etc.”, dijo el autor de Muchacha punk (1992).
Es que esa droga cooperó con su primera obra. En un diario argentino se gestó la ecuación que habría dado a Fogwill la receta: 6 + 12 = 1. Seis días que demoró en escribir Los Pichiegos (1983), doce gramos de cocaína consumidos y una obra maestra de la guerra de Las Malvinas. Pero tiene razón, sus anécdotas son bastante conocidas. Sus broncas con todo el mundo, sus cinco hijos de distintas mujeres, su prisión por acusación de estafa. “La cocaína apestó mi obra y mi vida. Te hace hacer todo mucho más rápido, por supuesto, pero a un precio muy alto”, reflexionó casi al final.
Algo innegable de su personalidad es su generosidad, en especial con los escritores. Era un promotor incansable. No dejaba de recomendar públicamente a literatos jóvenes, desconocidos, talentosos. De hecho, el año 79, cuando tenía dinero por trabajar de publicista, fundó la editorial Tierra Baldía y publicó poemas de Lamborghini, Perlongher y Steimberg, a quienes becó para que pudieran escribir.
Decía que la literatura es una gran mentira. Que el 99% de sus libros son mentiras. Y es lógico. Se puede recordar un ensayo del peruano Vargas Llosa en el que justifica la literatura en la mentira final de Marlow en El corazón de las tinieblas. Una mentira a la que Fogwill gustaba de dar forma mediante el error. El error y el capricho ayudan a escribir, y a encontrar la “verdad”, dijo. Esa verdad que entendía como concordancia entre la proposición y la cosa, si quiere tener pretensión de conocimiento. Parecería un realismo, pero un realismo del que se alejaba, con ejemplos monárquicos y académicos, de reyes y reales academias. Kant y los númenos le sonaban más familiares.
Calificó a los escritores de burgueses, hipótesis que, para validarla, sólo era necesario mirar sus vidas, sus “talleres de escritura creativa”, sus relaciones monetarias con los medios. Odiaba las facultades de letras. Creía que el valor literario de sus obras y de las obras en general es siempre cuestionable. Pero existe un valor mayor, que es el valor ético de hacerlas. Dijo que la sociedad es un texto mal redactado. Criticó la manera de acercarse de la mayoría de escritores al sexo y detectó un exceso de conciencia sexual en el mundo. Problema que se trata de resolver con tecnologías del placer, que no sólo producen eso, sino el mismo deseo. Y sería un camino hacia la incertidumbre total. Odiaba el fútbol, leía siempre, y se oponía al que esté en frente. Pero sobre todo fumaba y escribía. Sí, fumaba. (Andrés Cárdenas)








