La isla de los inmortales

El emperador miró a lo lejos la forma de las islas. Dispersas por el calor y la distancia, eran como árboles oscuros, vibrando y soltando sus copas al aire brumoso, coágulos chatos sucediéndose en un breve ascenso. Se fijó una vez más en aquella que permanecía quieta. En su pupila se reflejó la isla de los inmortales.
La trenza le llagaba casi al suelo. Con las manos siempre cruzadas detrás de la espalda, giró sobre sus talones para enfrentar el pasillo y abandonar la torre. Muchos años atrás, cuando era un adolescente, en un espacio semejante en las tibias entrañas de un tren, una mujer menuda se iba quedando dormida, con el cuerpo y las manos agarradas en una pilar de madera.
Siempre hablaba poco, pero ahora menos que antes. El tumor crecía a la velocidad de una flor.
Tres concubinas y un eunuco llegaron a su despacho. Entraron precedidos por el primer ministro. Ninguno podía mirarlo a la cara mientras hablaban.
-Hay un barco listo y 78 niños dispuestos para el viaje, su majestad.
-Qué dice el general.
-Que la isla estará visible hasta el viernes al medio día. No más.
El jade mojado huele a perro muerto, pensó el emperador. “Tienen que ir sólo niños”, le había recordado el brujo, sólo ellos pueden ver a los inmortales. “Que ellos hablen con ellos y pidan el secreto para que usted sane por completo”.
Sobre la alfombra púrpura de su habitación, el emperador tenía un baúl de cerámica. La isla de los inmortales estaba pintada repetidas veces en los costados del recipiente. El monarca se tendió sobre el piso. Con los ojos cerrados estiró la mano y a tientas hizo girar el cilindro mecánico para que empezara la música. Con la otra mano cogió la punta de la pipa de agua y comenzó a fumar. El dolor se iría a dormir dentro de poco. No podía moverse cuando vio la mano tatuada que entreabrió la puerta. Una hermosa prostituta y una bandeja con una taza de té.
Temprano, al día siguiente, los niños amenazados y confundidos zarparon hacia la isla. Con dificultad maniobraron la nave, comandados por los más atentos, aquellos que imaginaban, con razón, la vida de sus padres condicionada al éxito del viaje.
La embarcación cabeceaba mansamente entre los acantilados, en un lento preludio antes de adentrarse en el mar. A su alrededor, densas masas de arboles adheridas a los islotes y de pronto, el océano. Nadie supo qué decir.
A media mañana, el emperador llamó a su general. Tomó el catalejo esperando y se encaramó en una silla para esperar la señal. En la lejanía apareció el destello de l espejo en el mástil. Les faltaba muy poco para llegar.
Los niños bajaron los botes y sortearon el coral milenario cerca de la playa. Cuando bajaron, tres de ellos se adentraron corriendo en la penumbra de los árboles para ir en busca de los inmortales. Pasaron varias horas hasta que volvieron jugando con unas manzanas blancas como la sal. Se desplomaron junto al grupo sentado frente al agua. La isla estaba vacía.
*Leyenda china del siglo V A.C. adaptada por R. Vera.
no hay mas anuncios del tema ” lo extraño ” ?
esta muy bueno este fragmento.








