¿Pervertidor de señoritas?

Ahora libre, alguna vez perseguido. Roman Polanski, un genio lascivo al que siempre le gustaron las jovencitas, tiene en su propia historia un electrificado guión cinematográfico esperando a ser filmado.
Hubo un día en que Roman Polanski se podía pasear por donde quisiera gracias a su prestigio como cineasta. Aunque perdió a su madre en Cracovia durante la Segunda Guerra Mundial y su padre estuvo preso en un campo de concentración, fue a rodar a Polonia El cuchillo en el agua, en 1961. Fue gracias a esta cinta que se le abrieron las puertas para trabajar en Inglaterra en 1965, cuando rodó Repulsión, nada menos que con Catherine Deneuve. La recompensa pudo ir a buscarla feliz a Berlín: un Oso de Plata.
A esas alturas, el director franco-polaco ya planteaba ciertos principios; se fascinaba con los ambientes claustrofóbicos y los thrillers psicológicos parecían ser lo suyo.
El resto, precisamente de lo que más se habla hoy, sería una especie materialización de los deseos que Alfred Hitchcock nunca pudo cumplir. Polanski, desde Cuando los ángeles caen, allá por 1959, siempre se embobó con la mujer que puso frente a su lente. Primero, a los 26 años, se casó con Barbara Kwiatkowska-Lass, de 19. No duró más de 12 meses.
Luego después vino su trágica relación con Sharon Tate. Se dice que incluso antes de que protagonizara La danza de los vampiros, Polanski ya se la había levantado al prestigioso peluquero de Hollywood, Jay Sebring. Ambos se casaron en Londres en 1968, el mismo año en el que el director filmó El bebé de Rosemary.
Esta película fue un puñetazo de crítica y taquilla en el mercado estadounidense. Pero el éxito se llenó de nubes cuando la secta de Charles Manson asesinó a su querida Sharon, embarazada de ocho meses, en la mansión ubicada en el 10050 de Cielo Drive, Los Angeles. Polanski se encontraba en Londres.
Justicia parefernálica
El desgano creativo en que cayó pareció quedar atrás con esa cumbre llamada Chinatown, pero a sus 43 años, en 1974, vino la acusación de haber mantenido relaciones sexuales con una joven de trece años llamada Samantha Gailey, todo esto con la excusa de una sesión fotográfica celebrada en el jacuzzi de Jack Nicholson. Ambos sin ropa, nadando en champagne y metacualona.

Ya se sabe que Polanski salió arrancando de Estados Unidos apenas pudo, adivinando una condena mayor luego de negociar con el fiscal su culpabilidad para limitar sus penas. Siguió filmando grandes obras como Búsqueda frenética o Perversa Luna de Hiel, y, cómo no, continuó enredándose con sus musas: se emparejó con Emmanuelle Seigner de 22 años de edad, cuando él sumaba 56.
Hace 9 meses, la comunidad fílmica suiza lo invitó para rendirle un homenaje, pero la justicia de ese país terminó apresándolo. Ahora que se le ha levantado el arresto domiciliario, el mismo sistema judicial estadounidense que por años no hizo nada para agilizar el proceso, aparte de buscar publicidad, se queja amargamente. Lo mismo hace Samantha, ahora apellidada Geimer, pero por razones diferentes. Sólo quiere dejar atrás la historia desde que llegó a un acuerdo con Polanski para enterrar el caso de una buena vez.
Y claro, ahora se entiende por qué el director nunca fue a buscar el Oscar que se ganó con El pianista. Seguro que lo esposaban arriba del escenario, en lo posible con un helicóptero descendiendo sobre el Teatro Kodak. (Andrés Quintana)
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