Invictus: el viejo Clint se pone sensible

Clint Eastwood ha vuelto a las salas de cine una vez más. En esta ocasión la película que dirige se trata del gran Nelson Mandela y de algunos de los ejes fundamentales de su administración en una Sudáfrica dividida y segmentada debido al racismo. Emoción con final Hollywoodense.
La nueva cinta del director de Gran Torino relata los primeros meses de gobierno del líder sudafricano Nelson Mandela, luego de haber sido considerado por años un terrorista de la peor especie por los blancos de ese país. Su primer desafío como ocupante de la primera magistratura fue tan improbable como difícil: tratar de popularizar entre todos, negros y blancos, el Rugby.
Como es bien sabido, en los años del Apartheid (casi cuatro décadas que terminaron a fines de los 80) el rugby en Sudáfrica era considerado un deporte para gente de piel clara, heredado de la influencia británica en el país. Esto generó tanto resentimiento entre los negros, que era usual ver en los partidos del equipo local, a estos hinchas celebrando las anotaciones del rival en señal de protesta, siempre apiñados en espacios pobremente acondicionados dentro de los estadios. El odio era tal entre los opresores y los oprimidos, que el ambiente para cuando Mandela asumió no era el más propicio para la hermandad.
Así, el flamante presidente Mandela, en un gesto de unión entre todos los habitantes de esa conflictiva tierra, trata de que el equipo no sólo salga a ganar los partidos en el marco del mundial de Rugby que se celebró ahí en 1995, sino que además intenta transformar el deporte de la ovalada en algo respetado y querido por todos. Un símbolo de unidad.
En la película se ve al líder sudafricano como una persona que pretende superar los roses con quienes lo reprimieron. La hermandad que se logra en la película entre negros y blancos de pronto puede llegar a parecer algo digno de Disney, pero de una manera u otra Eastwood lo convierte en algo significativo, aunque quizás demasiado emotivo para quienes querían ver una película histórica.
El filme demuestra que de pronto hay hechos reales que pueden manifestarse como lugares comunes que no son tan molestos y que tienen mucho de cierto. Quizás la figura demasiado bondadosa del Mandela interpretado por Morgan Freeman podría haber llegado a ser algo demasiado cursi y hasta cansador, pero el tono que se le da a la cinta no alcanza a esos extremos sino que por el contrario, intenta explicar lo más fácil posible las separaciones, divisiones y conflictos humanos desde una perspectiva más amable y no tan extremadamente concienzuda.
Eastwood intenta ver el fenómeno Mandela como algo humano pero también esperanzador desde un prisma algo fuera de la realidad, pero al mismo tiempo plasmando los sentimientos y sensaciones que pudieron haberse vivido en aquellos años en donde una parte del mundo cambió. (Francisco Méndez)








