El espejo de la catástrofe

Se cumplen 60 años de la primera publicación en español de las Crónicas Marcianas del estadounidense Ray Bradbury. Cruzada por los vientos aún tibios de la Segunda Guerra Mundial, lo que entregó este oriundo de Illinois con apenas 25 años de edad, es una reflexión melancólica de fantasía y futuro sobre la humanidad y sus fines; del estado del hombre y su entorno, conocido y por conocer.
Alejándose del sci-fi más duro para adentrarse en una realidad que en los primeros años de la Guerra Fría tenía sus mejores esperanzas puestas en que el conflicto armado se desatara pronto. Ray Bradbury cambió este mundo por otro estacionándose en Marte para mirar hacia la Tierra.
Cuando se pensaba que no había más por hacer, o cuando ya todo lo por hacer resultaba insultantemente absurdo, quedaba el subterfugio de que todavía era posible empezar de cero. Pero empezar de cero no se podía; las sombras de las guerras que definieron el siglo XX eran para la memoria sus cercos irrestrictos. La escapatoria fue la que, de alguna manera, eligió Ray Bradbury (Waukegan, Illinois, 1920) al cambiar de forma la consigna por la creación desde cero, es decir, mudarse a otro mundo. A Marte. Pero irse hacia el exterior no cambió las cosas, más bien reprodujo, de un modo casi mercantil, cada una de las infamias. Crónicas Marcianas (The Martian Chronicles, 1950) es este lugar donde la evacuación es fallida: con el paso de un planeta a otro se arrastraron todos los males, miedos, deseos y miserias de la historia, que ni siquiera la nobleza pudo equilibrar. El planeta rojo en Crónicas Marcianas es el gran espejo que tiene la Tierra y que termina multiplicando sus ruinas.
Porque Marte era la esperanza que se erra al considerar su espacio como una escenografía por rellenar. Marte no entraba en el esquema humano: de aire enrarecido, de mar plateado e inmóvil, con sus libros leídos con la mano para escuchar la música de su historia, de una población marciana telépata y multiforme. A los hombres no se los esperaban de ninguna manera, y los primeros en llegar fueron eliminados.
El lugar común indicaría que Crónicas Marcianas no posee continuidad argumentativa, que su línea de acción es dispar, salvo la fijada por el contexto. Si bien esto es cierto hasta cierto punto, dado que la unidad de cada capítulo es completa, el que lleva por título Aunque siga brillando el sol, triunfante cuarta expedición que logra la misión de asentarse en Marte, es el gran armador de todo el conjunto de crónicas: antecedente del cometido imperialista y precedente de capítulos como Fuera de temporada, que muestra de la desesperación por un público consumidor, o Los largos años, en alusión al abandono que la tecnología subsana a su manera. Y también es la consecuencia que determinará a Marte: la muerte del tripulante Spencer. Conmemorativo episodio que marcará el porvenir del planeta en la predicción del mencionado personaje: “Por mucho que nos acerquemos a Marte, jamás lo alcanzaremos. Y nos pondremos furiosos, ¿y sabe usted qué hacemos entonces? Lo destrozaremos, le arrancaremos la piel y lo transformaremos a nuestra imagen y semejanza”.
Más allá de estos ejes del relato, Crónicas Marcianas es excepcional en sus pequeños y poéticos capítulos: mínimas escenas que no solo son los anclajes que ceden el paso a las grandes historias, sino que son los exiguos contenedores que dominan las situación. En El verano del cohete, una ola de fuego y calor funda la aventura de la destrucción; en Los colonos, ningún fundamento es válido al llegar a Marte porque lo “ridículo” y lo “noble” guardan la mismas relación cuando no tienen sentido. Los observadores nos muestra a espectadores que pierden la perspectiva del papel que representan y sienten que los están retratando a ellos, incapacitados de intervenir pero gozosos de sentirse a salvo, pero la función siempre acaba y deben volver. Episodios como estos son los bellos catalizadores y movilizadores de la narración en su conjunto.
Cuando se pensaba que no era suficiente acabar con un planeta, Ray Bradbury ideó este viaje para proyectar las pesadillas vivenciales de la humanidad. A sesenta años de su publicación en idioma castellano (en inglés vio la luz un poco antes, en 1945), y pasado el primer trecho de libro que data de 1999 hasta 2005, el mundo no se destruyó. Tampoco se interesó por colonizar Marte. La búsqueda, ahora, es por planetas lo más parecidos a la tierra y la sonda espacial Kepler es quien los está buscando y no nosotros. O nosotros, pero desde acá. Marte ya no es ese gran hermano siamés que la Tierra quiso unir en narraciones. Y las preguntas sobran: ¿Hay hermano? ¿Cuól será nuestro próximo hermano para mirarnos desde él? ¿Dónde se mira la Tierra ahora? ¿Acaso es Internet la nueva modalidad de la mirada, donde el mundo, más que mirarse a sí mismo, se acumula y registra para dentro? Preguntas que sólo pueden ser enunciadas sin esperar su respuesta. Aún cuando Crónicas Marcianas nos diga que: “Cuando la civilización se tranquiliza y calla, y la guerra termina, la pregunta se convierte en insensata de un modo nuevo”. (Pablo Alcaíno)
Crónicas Marcianas, Ray Bradbury.
Editorial Minotauro.
275 páginas.
Excelente libro! Uno de mis favoritos, buenísima nota!







