¿Rockstar?

¿Un tipo simpático y vivaracho? ¿Un hábil político que tiene a todos contentos? No señor, Silvio Berlusconi es cualquier cosa, menos el tipo que te gustaría ver al mando de tu país.
Una réplica en miniatura de la catedral de Milán cayó como una bala de cañón sobre su cara e il Cavaliere, hace poco calificado de estrella de rock por la revista Rolling Stone, comenzó a soltar sangre por la herida de manera copiosa.
Un hombre de 41 años, Masimo Tartaglia, había decidido romperle la cabeza al Primer Ministro italiano, Silvio Berlusconi, en medio de una manifestación en las calles de Milán. Si el primer intento fallaba, el hombre tenía una segunda miniatura metálica del Duomo en su bolsillo lista para lanzarse. De este modo, las probabilidades de zafar para Berlusconi eran bajas y el destino quiso que por un minuto, su perpetua expresión de soberbia sonriente mutara en una de pavor y sufrimiento. Las primeras palabras de apoyo no tardaron en llegar y vinieron del menos rockanrollero de sus seguidores, nada menos que el líder del partido de extrema derecha Liga de Norte, Umberto Bossi, quien calificó lo sucedido como un “acto terrorista”.
Que este apoyo no extrañe a nadie. Berlusconi ha hecho buenas migas con éste y con un puñado creciente de fascistas, desde que el premier italiano buscará en esos sectores los votos que le faltaban en la última elección peninsular del 2008. Desde entonces en sus manifestaciones públicas no faltan los brazos tiesos y en ristre y en las leyes y en los municipios se vienen sucediendo una serie de medidas racistas y xenófobas como no se veían desde los tiempo del Duce. No sólo existe el empadronamiento y la diaria expulsión de varios sectores de inmigrantes y gitanos, sino que también se han legitimado otras medidas preocupantes.

Créase o no, desde hace un tiempo, los médicos italianos deben denunciar ante el juez a los inmigrantes ilegales que se atiendan en los centros sanitarios y en general, a cualquiera de ellos que recurra a la red de salud pública. Asimismo, la enmienda de la Ley de Seguridad establece un “registro de vagabundos”, es decir, todos los “sin techo” que vivan en Italia deberán inscribirse en un registro del Ministerio del Interior, y no precisamente porque el gobierno quiera proveerles de un techo y un plato de comida.
En general, y valga como antecedente, las últimas elecciones europarlamentarias han dejado al descubierto un fenómeno de temer: los partidos de extrema derecha obtuvieron más escaños que nunca antes en la historia del Parlamento Europeo. En Holanda, el populista Partido por la Libertad obtuvo el segundo lugar en estos comicios y cuatro eurodiputados; en Gran Bretaña, el Partido Nacional Británico, organización que no admite miembros judíos ni negros, obtuvo el 6% de los votos y dos europarlamentarios; la ultraderecha austríaca, con un discurso anti-semita y anti-islam, alcanzó el 13% de los votos y dos eurodiputados; la ultraderecha finesa, encabezada por el partido “Verdaderos Fineses”, alcanzó el 10% de los votos; y en Hungría, el Movimiento por una Hungría Mejor, logró el 14% de los votos con un discurso anti-gitano. Sin embargo, donde más se ha notado el resurgimiento de la ultra es en Austria e Italia. En ambos países, la extrema derecha disfruta un nivel de estima y visibilidad mediática no comparable al de agrupaciones afines en el resto del viejo continente.

¿Qué dice Berlusconi? No mucho. Il papi, como lo llamaban algunas de las prostitutas que desfilaron por la fotografiada mansión de Costa Esmeralda, en Cerdeña, acaba de salir de la clínica con un vistozo parche en la cara, listo para agarrarle el culo a su secretaria y comprar Viagra en la farmacia de la esquina. Igual que un rockero ¿o no? (Raúl Morales)
nazis de mierda ya son dueños del mundo que nada extrañe








