El otro drama de Roman Polanski

Hace cuarenta años, un grupo llamado La Familia, liderado por Charles Manson, ingresó a la casa que el cineasta compartía con su novia, Sharon Tate, y la asesinaron a ella y a otras tres personas. El viernes pasado y justo un día antes de que el director fuera encarcelado en Suiza por un viejo juicio de abuso sexual, falleció Susan Atkins, la mujer que acuchilló a Tate y a su bebé de ocho meses de gestación.
En la drogada California de 1969, Charles Manson, el asesino serial más popular de la historia, tenía un sueño: ser una estrella de rock. Había compartido noches de juerga con los Beach Boys; estuvo consumiendo LSD en la casa de Arthur Lee de Love y, por sobre todas las cosas, admiraba a The Beatles. Quería tener su misma popularidad.
Como sus canciones no tuvieron impacto, Manson lideró un grupo de personas llamado La Familia que, entre lecciones de budismo, autoayuda y mucho LSD, lo llevaría a ser el encargado de crear otro orden social. En su desquiciada versión del Apocalipsis, se libraría una batalla entre negros y blancos. Los negros violarían a las mujeres blancas y, en este choque racial, Manson llevaría a sus muchachos a una ciudad subterránea donde se reproducirían hasta alcanzar las 144.000 personas, para volver a la Tierra, gobernar el mundo y tener a la raza de color como su servidumbre.

La destrucción entre razas no llegaba y Manson –quien además aseguraba que sería uno de los cinco apóstoles escogidos por Jesucristo junto a The Beatles- aceleró sus planes. Sus seguidores debían producir dos asesinatos que tuvieran eco mundial para incidir en la gestación de la nueva sociedad que, según él, se anunciaba en el tema Helter Skelter.
Así, la noche del 9 de agosto de 1969, La Familia ingresó a la casa del director Roman Polanski. Aunque Manson creía que el cineasta estaría presente junto a su amigo Bruce Lee, se equivocó, ya que el director estaba trabajando en Londres. La que sí estaba era su mujer Sharon Tate –embarazada de ocho meses-, la millonaria Abigail Folger, el productor Wojtek Frykowsky y el peluquero de los famosos, Jay Sebring. Todos fueron manatiados y acuchillados. En las paredes de la casa quedaron escritas con sangre tres palabras: Guerra y Helter Skelter.
Tras la investigación, Linda Kasabian –una de las integrantes de La Familia y dueña de un apellido que motivó al conocido grupo inglés a colocarse ese nombre como homenaje- contó el horror de la matanza. Entre ellos, estaba Susan Atkins, sindicada como la autora de los apuñalamientos a Tate y su bebé. Pese a que la mujer en un principio no reconoció su participación, en 1993 dijo la verdad. Declaró haber estado bajo los efectos del LSD y afirmó que Tate le pidió clemencia por el hijo que esperaba. “Pero no tuve misericordia y no mostré arrepentimiento”, aseguró.
Atkins se transformó en la mujer más longeva en la cárcel de California –vivió allí 37 años y tenía cadena perpetua-, se enamoró y casó con su abogado James Whitehouse –cumplieron 21 años y él siempre fue a verla- y, con el tiempo, fue cambiando su actitud. Se transformó en una presidiaria modelo, que ayudaba a sus compañeras y tras conocer hace dos años que padecía cáncer cerebral, pidió la libertad que en dos oportunidades le fue negada. Además, sufrió la amputación de una pierna y no podía caminar. A comienzos de septiembre, su marido solicitó la libertad por causas humanitarias. Atkins estaba sedada, dormida y en una camilla en la Corte. Los jueces en forma unánime se la negaron. El viernes pasado falleció –curiosamente un día antes de la detención de Polanski en Suiza- y, según relataban sus compañeras, una de sus últimas frases fue “es casi imposible comprender la demencia y, en esa época, yo vivía en la demencia”. (Felipe Rodríguez C.)








